07.22.09

El archivero de la Lubianka

Publicado en literatura tagged , , , a 10:02 am por jjoaquinpi

 

Así se titula la primera novela de Travis Holland, un escritor estadounidense que, después de doctorarse en literatura, había cultivado en exclusividad el relato, género con el que ha ganado varios concursos. Quizá sea relevante mencionar la nacionalidad del autor cuando se presenta una novela histórica tan minuciosamente ambientada en la URSS de 1939. Se huye de los viejos tópicos de presentar este país como un infierno habitado por demonios para describir los pequeños infiernos de la vida cotidiana de las personas corrientes. Holland imprime un ritmo rápido -excesivamente rápido para mi gusto- en algunos capítulos, lo que, por otra parte dota a su prosa de una concisión y una claridad evidentes, ralentizando el ritmo, parando la escena cuando se trata de describir los sentimientos de desasosiego casi constante y la falta de esperanza de tantos ciudadanos soviéticos por aquel entonces.

Pável Dubrov arrastra pesadas losas a sus treinta años. Su esposa murió en el descarrilamiento provocado de un ferrocarril. Casi inmediatamente después, pierde su plaza de profesor de literatura en la academia Kírov al verse arrastrado por las insistencias de un alumno suyo, empeñado en denunciar a un profesor que no era de su agrado. Para salvar su integridad y honor, se ve obligado a ingresar como archivero en la Lubianka, el cuartel-prisión de la NKVD, la temida y todopoderosa policía política diseñada por y a la medida de Stalin. Allí, se encarga de clasificar  y quemar los borradores de poemas y cuentos de diversos autores proscritos por el régimen. Como se pone en boca del protagonista durante la novela, haberse negado a realizar ese trabajo habría sido, sencillamente, un suicidio.

La vida de Pável transcurre gris y triste en un mundo de mediocridad, ineficacia, nepotismo y envidias: un amigo que no deja de preguntarse cuándo va a ser arrestado al atreverse a criticar ácidamente en sus escritos a una mujer bien posicionada en el Comisariado de Cultura, una burocracia que parece decidida a no entregarle las cenizas y pertenencias de su esposa fallecida, un ambiente de trabajo por completo hostil donde debe escoger con cuidado cada palabra que pronuncia y donde un suboficial inculto y embrutecido goza dándole órdenes con una completa descortesía, por no mencionar a una madre que comienza a perder la memoria de manera irremediable. Sin embargo, y aún con la amenaza de guerra que se cierne sobre su país por la agresión hitleriana a Polonia, no será hasta conocer a Bábel, el autor de Caballería Roja, que ha caído en desgracia de un día para otro, cuando se produzca la catarsis en su interior que le lleve a una lucha incesante por conservar un resquicio de humanidad en un ambiente del todo inhumano.

07.08.09

La caja de los deseos

Publicado en literatura tagged , , , a 10:35 am por Cartier

Así se titula el último libro de Günter Grass, que, después de aparecer en Alemania en 2007, ha sido traducido y editado este año al castellano. La caja de los deseos constituye la segunda parte de la autobiografía del escritor. Si en Pelando la cebolla abordaba su niñez, adolescencia y primera etapa de la vida adulta, en esta obra el novelista continúa donde lo dejó para llegar a la madurez introduciendo una novedad poco común, pues se trata de una autobiografía cuyo contenido ha sido elaborado, al menos en su mayor parte, por los testimonios de sus hijas e hijos. El autor optó por reunir a sus seis descendientes, todas y todos de matrimonios distintos, ante una mesa con micrófonos y grabadoras para que hablaran, sencillamente, de su padre.

Los testimonios son articulados a lo largo de la autobiografía por medio de Marie, la fotógrafa de la familia. Una mujer que acompañó a Grass a lo largo de toda una vida, fotografiando momentos familiares importantes, pero también cotidianos, a toda la familia en bloque y a cada uno de ellos. En el libro, la vieja cámara Agfa de Marie es mágica: se remonta al pasado y predice el futuro. Grass sólo tiene que decir “¡Mariechen, dispara!” para que ella cumpla su deseo y le dé otra perspectiva del estado de las cosas. Un cálido tributo a la que, sin duda, dedicó tantas horas a proporcionar al novelista alemán instantáneas de inspiración para sus obras. Y un reconocimiento de las hijas e hijos al padre que nunca dejaron de admirar por su coraje para desgranar una vida azarosa estando ya en su senectud, por atreverse a confesar lo inconfesable, por preocuparse por su educación en la medida que podía y sabía, por tener el coraje para decir y hacer lo que pensaba en cada momento, por alegrarles los días con historias fabulosas que inventaba con toda facilidad o por tratarlos a todos con el mismo afecto independientemente de con quién los hubiera tenido. Aunque sus vástagos tampoco han tenido empacho en recordarle sus largas ausencias haciendo campaña y redactando discursos para el Partido Socialdemócrata, al miedo por las amenazas y agresiones contra la casa familiar por parte de grupos de extrema derecha y de extrema izquierda por su actividad política, a lo abrumador de la fama del progenitor que los perseguía en la calle y en el colegio, a tantas promesas incumplidas de jugar con ellos “más tarde” cuando acabara lo que tuviera entre manos.

Puede que con este autor quien suscribe este comentario haya perdido todo resquicio de objetividad, pero no puedo evitar considerar que para elaborar un libro de estas características, que ha gozado de las mejores críticas en publicaciones como Der Spiegel o en el semanario Babelia de El País, se necesita la experiencia y el talento narrativo de Grass. En ningún momento da la sensación de escuchar conversaciones grabadas y en ocasiones no se sabe cuándo interviene el autor para aderezar el relato, pues Grass no duda en sacrificar comillas y demás purismos estilísticos en favor de una narración fluída, ágil, capaz de envolver y abstraer por completo al lector. No puedo dejar de recomendar esta autobiografía novelada donde, al igual que en tantas otras novelas de Günter Grass, la fantasía de valor simbólico se da la mano con el retrato de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Por Joaquín Pi