2º Premio

Antonio Cartier

Había una vez un país lejano en el que, una mañana, el tiempo desapareció.

          Papá, ¿Por qué todos los cuentos comienzan con “había una vez…”?

          Porque las cosas buenas solo suceden una vez en la vida. Y casi siempre, ya han pasado. Pero tranquilo, seguro que te toca vivir alguna. A todos nos toca al menos una, pero aprovéchala, porque no se repetirá.

Había una vez un país lejano. Ese país lejano tenía un pueblo pequeño, y ese pueblo pequeño un alcalde, y ese alcalde un reloj en la muñeca. Y resulta que una mañana, al levantarse, tenía la sensación de haberse quedado dormido y llegar tarde al trabajo, así que miró su despertador y no supo si era tarde o no, porque se le habían caído las manecillas. Yacían inertes las dos, colgadas del centro del despertador, casi como si se hubieran derretido. Pensó que tampoco era tan grave, que, al fin y al cabo, tenía un reloj en la muñeca. Pero resulta que a su caro reloj, regalo de su suegro en la boda con su mujer (mujer del alcalde, no del suegro, claro) le habían desaparecido las agujas. No estaban. Se habían esfumado. El alcalde pensó durante largo rato sobre lo ocurrido, y al final tuvo una brillante idea: cogería un palo y viendo la sombra, sabría, más o menos, que hora del día era. Y así lo hizo. Pero cuando vio la sombra proyectada en el suelo su asombro fue en aumento, y es que se encontraba justo ante un círculo. Miró al cielo y la verdad, es que no encontró al Sol en ninguna parte. La luz parecía llegar desde el infinito.

          Papá ¿A dónde se va el Sol por las noches?

          Imagino que como todos, a descansar.

          ¿Y no se aburre allí solo?

          Imagino que de vez en cuando hablará con la Luna, pero que hace ya tanto tiempo que se conocen que no tendrán demasiado que contarse.

El alcalde de aquel pueblo de aquel país lejano sin tiempo, salió a la calle. Absorto, observando todo, comprobó que sus relojes no eran los únicos que se habían estropeado o desaparecido: tampoco estaba el de la tienda de fruta, ni el de la estación de tren, ni, por supuesto, el de la alcaldía. A lo lejos se oían unos grandes lamentos. Todo el mundo estaba en silencio, con miedo a qué decir. Menos él, probablemente la persona más triste ese momento: el relojero.

Hasta allí se acercó el alcalde, esperanzado de que un experto en la materia le pudiera ayudar. Pero el pobre del relojero apenas pudo balbucear algo, que el alcalde supuso que sería parecido a “en ocho generaciones de relojeros, jamás había sucedido algo así en mi familia”. En realidad el relojero no dijo tanto, pero daba igual, porque, si hubiera podido, habría dicho algo así.

El alcalde se marchó a su despacho a pensar. Pensó durante mucho tiempo, aunque no sabría decir exactamente cuanto. Al fin y al cabo, ya sabes, el tiempo se había ido.

          Papá ¿y a dónde se ha marchado el tiempo?

          Probablemente nadie lo sepa, pero lo importante es saber ¿por qué el tiempo quiso marcharse de ese pueblo?

Al final, y tras mucho  pensar, el alcalde decidió convocar un Comité de Sabios. Como no sabía que poner en la carta, puesto que firmas y horarios carecían de sentido, simplemente escribió: Te necesito ahora en mi despacho. Urgente. El Alcalde.

Poco a poco los expertos fueron llegando al despacho. Se sentaron en una mesa redonda y comenzaron a analizar la situación:

          Esto se debe a la mala gestión del Alcalde – dijo el que siempre estaba en contra.

          Esto es por culpa de la contaminación – dijo el ecologista.

          Yo creo que es por culpa de los astros –dijo un adivino.

          Quizá se deba a un viaje en el espacio-tiempo – dijo el profesor de física.

          Seguro que todo esto es un sueño – dijo el psicoanalista.

          A lo mejor es una broma de la tele – dijo alguien que no sabían muy bien quien lo había invitado.

         

          Puede que sea por un extraño giro en los polos magnéticos – comentó el geólogo.

Después del geólogo se produjo un gran silencio. El último en tener que hablar era el poeta, que estaba mirando al suelo, y jugando en sus manos con un lapicero. Tras mucho esperar, el alcalde, un poco impaciente, le preguntó:

          ¿Y tú qué opinas, poeta?

          Que no me importa porque se haya ido el tiempo, pero estoy seguro que en cuanto inventemos el no-tiempo, todo volverá a la normalidad.

Obviamente nadie había entendido nada de lo que dijo. Uno se esperaba que hubiera dicho que es por falta de amor en el mundo, de rimas buenas, de melodías en labios de amantes. Pero no, salió con esa chorrada del no-tiempo

          ¿Qué es el no-tiempo papá?

          La verdad es que no lo tengo muy claro, pero imagino que el poeta nos lo explicará ahora.

El alcalde, poco contento con la explicación, volvió al resto de expertos (incluido el que no sabían muy bien qué era lo que hacía allí). El poeta siguió jugando con su lapicero. Cuando acabó la reunión todos estaban de acuerdo (menos nuestro poeta) en que había que reorganizar todo: cómo se harían ahora las citas, cuánto tiempo dejaba el panadero la masa en el horno, cómo sabría uno si el cartero se había retrasado mucho… esas cosas.

Pero mientras todo esto ocurría, nuestro poeta se dedico a pasear, a escribir y a dibujar paisajes. Apenas hablaba con nadie, salvo que le preguntasen. Sin embargo, según pasaron los días (es una forma de hablar… porque el tiempo no pasaba y claro, tampoco había noches) se fue uniendo más gente junto al poeta. Gente que debatía, que pintaba, que dormía, que soñaba despierto… El alcalde estaba preocupado por ese grupo de vagos. Ese grupo que poco a poco iba siendo más numeroso y que, llegado a cierto punto, era casi todo el pueblo. Así que el alcalde le llamó a su despacho.

          Poeta, tenemos que hablar. ¿Qué  haces con toda esa gente?

          La pregunta correcta es ¿qué hace esa gente? Yo no les hago nada.

          Pero ¿Por qué no hacéis lo que el resto del pueblo, ayudar a salir de esta, reorganizarnos?

          Sí que nos reorganizamos

          Mentira.

          No, no es mentira. Ya te lo dije y no escuchaste. Nos organizamos en el no-tiempo

Y el poeta se marchó de allí.

Y el alcalde se tiró de los pelos.

Siguió pasando el tiempo (es otra forma de hablar… puedo decir que siguió pasando el no-tiempo) y la situación llegó a tal extremo que en la ciudad sólo seguían intentando su rutina el alcalde y su comité de expertos.

          Esto se debe a la mala gestión del Alcalde – dijo el que siempre estaba en contra.

          Lo del poeta es por culpa de la contaminación – dijo el ecologista.

          Yo creo que está influenciado por culpa de los astros –dijo un adivino.

          Quizá el poeta quiere hacer un viaje en el espacio-tiempo – dijo el profesor de física.

          Seguro que todo esto es un sueño – dijo el psicoanalista.

          A lo mejor es una broma de la tele – dijo alguien que no sabían muy bien quien lo había invitado – para un programa muy largo…

         

         

Pero el alcalde había tomado una decisión. Se unirían a ellos. Si el pueblo había decidido vivir el no-tiempo, él, como alcalde, también debería vivirlo. Así se lo comunicó a su comité de expertos, y así hicieron.

Entonces, todo el pueblo se juntó en la plaza a charlar, a dormir, a soñar, a jugar… Y fue entonces cuando el pueblo, por primera vez en su historia, fue feliz. Verdaderamente feliz.

Nadie sabría decir cuanto tiempo estuvieron allí, pero de repente, empezó a atardecer, y luego a anochecer. Y todos durmieron juntos en la plaza. A la mañana siguiente, como dijo el poeta, todo volvió a la normalidad.

          Papá, ¿por qué todo volvió a la normalidad justo cuando eran felices?

          Hijo, hay gente que se va de tu vida y solo vuelve si ve que has conseguido ser feliz sin ella. Para bien o para mal.

          Ah.

          Ya lo entenderás, tranquilo.

El caso es que a  la mañana siguiente, todo volvió a la normalidad. Las manecillas a sus relojes, los despertadores a sus sueños, los panes a los hornos… Salvo en que, ahora, la gente era feliz. Habían aprendido a vivir en el no-tiempo y todavía conservaban esa felicidad.

Por la tarde, el alcalde hizo un acto publicó en el que, lleno de euforia, destacó la brillantísima, importantísima y genialisisima (estaba muy emocionado, dejemos que el alcalde se inventase una palabra) idea que les había, no solo devuelto a la normalidad, además ahora eran felices. Como recompensa, el alcalde, como no, le regaló al poeta un preciosísimo (era una tarde muy emotiva) reloj carísimo. El poeta lo cogió como quien coge una bomba y miró al alcalde con los ojos lloroso. Entonces, desde el balcón en el que se encontraban, en la plaza abarrotadísima del pueblo, el poeta, como no, lanzó el reloj al vacío haciéndolo añicos, y mirando al alcalde dijo:

          Gracias

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